Entre nosotros
Marina Garcés

“Je pleure en ce moment
pour un cruel retour sur moi-même”
Gilland, Paris, 1841

La suma de tú y yo no es dos. Es un entre en el que puede aparecer cualquiera. Cuando esto ocurre, podemos decir que hemos hecho una experiencia del nosotros que no sólo desafía las leyes de la aritmética, sino sobre todo un determinado escenario de relaciones de poder. Hemos dibujado las coordenadas de una dimensión común. Ha aparecido un mundo entre nosotros.

En este texto queremos preguntarnos por esta experiencia del nosotros y pretendemos hacerlo entre nosotros. La tradición del pensamiento crítico ha estado dominada, del filósofo moral al científico social, por un sujeto de enunciación neutro, capaz de sobrevolar el mundo con su escritura analítica y prescriptiva. Sólo en algunos momentos, la irrupción del manifiesto como género de escritura política1 ha dado voz al nosotros y a su campo de experiencia compartida. Si no, en general, al sujeto político siempre se lo nombra en tercera persona: el movimiento obrero, la humanidad, los movimientos sociales, la sociedad civil, el pueblo, la multitud… Que este texto esté escrito entre nosotros significa, en primer lugar, que queremos formular la pregunta por la experiencia del nosotros en primera persona plural, poniendo nuestro cuerpo y nuestras relaciones en el centro y asumiendo la concreción de las circunstancias, la parcialidad y la equivocidad de los hechos. Que este texto esté escrito entre nosotros significa, en segundo lugar, que incorpora la multiplicidad de voces que han confluido en esa misma experiencia, que es una escritura que no nace de mi conciencia frente al mundo sino de los intersticios de la realidad que hemos compartido. Y que este texto esté escrito entre nosotros significa, finalmente, que sus líneas no pueden ser los píxeles de una fotografía, sino que tienen que ser también tejido y articulación de un mundo común.

No somos un tribunal frente a la realidad. Nuestros ojos no están puestos en línea. Cuando hemos planteado la pregunta por el nosotros entre nosotros, hemos puesto nuestras miradas unas en las otras. En Espai en Blanc no sólo nos planteamos esta pregunta teóricamente. La hemos puesto en práctica este año 2006 a través de la convocatoria de cinco encuentros, uno por mes de enero a mayo, que hemos titulado “La tierra de nadie en la red de los nombres”. En un momento de aparente calma activista, de repliegue de los espacios de intercambio y de disipación de los grandes frentes de lucha, cuando nada agregaba a un nosotros, hemos querido autoconvocarnos. ¿En qué consiste autoconvocarse? ¿Cómo se interpela no a un público sino a un nosotros? ¿Cómo se abre ese entre que no sólo es una brecha sino la articulación de una dimensión común? Dicho brevemente: ¿cómo se practica el nosotros? Practicar es ejercitar y poner en práctica. ¿Pueden hacerse ambas cosas cuando no hay un frente de lucha explícitamente abierto que obligue a ello?

Si el taller era para Marx el lugar secreto de la producción, el entre que hay entre nosotros es hoy el lugar secreto de la politización. En Espai en Blanc recorremos las articulaciones de ese entre y en este texto hacemos la crónica de algunos de estos recorridos. Como Marx, queremos entender qué pasa, cuáles son los nudos invisibles que sostienen esta realidad y cómo desatarla.

La pregunta por el nosotros

Preguntar por el nosotros no es preguntar por la comunidad frente a la sociedad, por lo público frente a lo privado o por lo colectivo frente a lo individual. El nosotros no es un ámbito de lo social, es una experiencia que transforma lo social. Es un proceso de subjetivación y de politización que implica inscribirse en el mundo desde la co-implicación. Desde ahí, ¿cuál es nuestro campo de experiencias posibles? Cuando el marxismo preguntaba por el sujeto histórico, no buscaba un dato objetivo sino una transformación subjetiva de las potencias subversivas. Saberse proletario, tomar conciencia, no era entonces recibir un conocimiento sobre la propia situación en la cadena productiva sino adquirir la potencia de dar un sentido a la historia con la acción común.

Preguntar hoy por el nosotros tiene una desnudez pavorosa al lado de las preguntas del marxismo. Pero por eso mismo puede recuperar toda su radicalidad, la que tenían los obreros que no se sabían proletarios antes de 18482. La pregunta por el sujeto histórico se formulaba bajo el horizonte moderno de la emancipación, entendida desde una lógica de la solución universal y de la liberación como separación. El ideal moderno de la libertad había estado vinculado a la idea de que liberarse , emanciparse, es en el fondo “despegar” del mundo de la necesidad, deshacer el lazo hasta ser autosuficientes como dioses, individual o colectivamente. Este sería el camino del reino de la necesidad al reino de la libertad en sus diversas formas. La pregunta por el nosotros hoy, en nuestro escenario global y postmoderno, sería otra: sería la pregunta por nuestra capacidad de conquistar la libertad en el entrelazamiento. La liberación tiene hoy que ver con la capacidad de explorar el lazo y fortalecerlo: los lazos con un mundo-planeta, reducido a objeto de consumo, superficie de desplazamientos y depósito de residuos, y los lazos con esos otros, que condenados a ser siempre otros, han sido desalojados de la posibilidad de decir “nosotros”. ¿En qué consiste conquistar la libertad en el entrelazamiento? ¿A qué prácticas apela y qué transformaciones opera sobre nuestra concepción de la subjetividad política?

Con estas preguntas queremos destacar la importancia estratégica que tiene hoy la pregunta por el nosotros. No es fruto de un nuevo giro subjetivista de la política. Tiene que ver con la constitución misma de nuestra realidad. La pregunta por el nosotros es estratégicamente fundamental porque en el mundo global no sólo los bienes y la tierra sino también la propia experiencia ha sido privatizada. La experiencia que hacemos hay del mundo, de este mundo único de la globalización, remite sin embargo a un campo de referencias privado: individual o colectivo, siempre es autorreferente.

Esta privatización de la experiencia tiene dos consecuencias: la primera, una despolitización de la cuestión social. Esto significa que tenemos enemigos pero no sabemos dónde están los amigos. Los focos de agresión sobre nuestra propia vida son perceptibles, pero no la demarcación de la línea amigo / enemigo. Podemos hablar de especulación, de precariedad, de mobbing, de fronteras, etc. Pero, ¿cómo nombrar al nosotros que sufre y combate estas realidades? De esta manera, también el enemigo resulta privatizado. Cada uno tiene al suyo en su propio problema particular. Los frentes de lucha difícilmente pueden ser compartidos. Se infiltran en cada célula de nuestra miseria cotidiana. Y la miseria cotidiana es miserable precisamente porque en ella cada uno está solo, solo individual o colectivamente. También hay miseria colectiva, en la multiplicidad de nosotros-refugio que nos ofrecen las sociedades postmodernas: en forma de identificación nacional o identitaria, a través del rebrote de las comunidades religiosas o en la proliferación de comunidades estéticas, articuladas entorno a un determinado gusto, estilo o afición. En todas estas formas de agregación, el nosotros no apela a una experiencia común sino a la composición de un Yo más fuerte, capaz de mantenerse, sin sucumbir, en los términos más crueles de las relaciones despolitizadas: la indiferencia o la agresión.

Pero la privatización de la experiencia tiene también una segunda consecuencia: la radicalización de la cuestión social, que se enraíza directamente en nuestra propia experiencia del mundo y no en otra. Preguntar por el nosotros es así la condición o el punto de partida de todo proceso de politización en nuestra sociedad. Preguntar por el nosotros es partir de lo único que tenemos: nuestra experiencia del mundo. La fragmentación del sentido tiene esta virtud paradójica: nos obliga a partir de nosotros mismos. De ahí la importancia de abandonar la tercera persona y explorar nuestro propio campo de experiencias posibles. Sin vector único y universal, los procesos de politización en el mundo contemporáneo pueden resonar o enlazarse entre sí, pero no se trasvasan, difícilmente se acumulan y en ningún caso apuntan en la misma dirección. La pregunta por lo común hoy exige la valentía de hundirse en la propia experiencia del mundo, aunque esté desnuda y desprovista de promesas.

Cuando desde Espai en Blanc convocamos los encuentros de “La tierra de nadie en la red de los nombres” y anunciamos los cinco temas que nos ocuparían de enero a mayo, se nos planteó la pregunta de porqué no hablar de los movimientos sociales actuales: las luchas por los papeles en Europa y en Estados Unidos, las luchas por los recursos en Bolivia, las luchas contra el copyright en la producción cultural y cognitiva, etc. En vez de abordar directamente estos temas, que atraviesan parte de nuestros intereses, prácticas y complicidades políticas, quisimos empezar por “El malestar social”, “El espacio fronterizo”, “El civismo contra la política”, “La experiencia del nosotros” y “Tomar la palabra”. Queríamos hacer posible la pregunta por el nosotros en nuestra vivencia cotidiana del mundo, politizar nuestra normalidad, con todas sus lagunas y sus sombras. Por eso es difícil a veces distinguir en nuestros encuentros entre el momento de la politización y el momento de la terapia. Lo decimos con ironía, pero no es una broma. ¿Cómo separar hoy estos momentos? ¿Y si es mejor no separarlos, no pretender reconquistar la oposición moderna entre lo privado y lo público? ¿Qué ocurre en el peligroso filo de su ambivalencia? Decíamos en un encuentro que si la existencia ha sido privatizada, cada vida es entonces un campo de batalla. Sólo desde ese campo de batalla puede levantarse la pregunta por lo común.

El nosotros que hace experiencia de lo común no es una sustancia que podamos señalar y hacernos presente. Es difícil entonces preguntar quién o qué es. El pensamiento crítico actual ha heredado del marxismo la necesidad de nombrar al nuevo sujeto histórico o colectivo. Se busca al sustituto del proletariado. Pero ¿por qué buscar el actor detrás de la acción? Nietzsche ya había denunciado que la máscara está siempre vacía. Pero el escenario no. Hay acción. Hay procesos. Hay prácticas. Cuando éstas dibujan las coordenadas de una dimensión común, podemos decir que en esas prácticas se ha dado una experiencia del nosotros. El nosotros no es así el sujeto de unas prácticas, sino el sentido que éstas toman o, como diría Deleuze, el sentido que se expresa en ellas. ¿Cómo producir este sentido que somos nosotros? ¿Cómo lo hacemos en la modesta experiencia que son los encuentros de Espai en Blanc?

Autoconvocarse

Situémonos en el mes de enero de 2006. Barcelona ha dejado atrás todos sus grandes eventos: no sólo los que han empujado el desarrollo económico de la ciudad hacia nuevos sectores productivos (Olimpiadas, Forum Universal de las Culturas) sino también los eventos que han pautado el ritmo de la ciudad desobediente entre 2000 y 2004: grandes okupaciones, contracumbres, movimiento contra la guerra, 11-M y campaña contra el Forum. Por un lado, los colectivos no han desaparecido, sus relaciones y sus actividades se han replegado y se han hecho imperceptibles. Por otro lado, el malestar social que en estos eventos había encontrado un cauce de expresión tampoco se ha disuelto, pero se ha particularizado. Ha vuelto al espacio privado, al terreno de los problemas personales, de las dolencias psíquicas, de la tristeza y del hastío ante un nuevo panorama político-mediático saturado de conflictos que, como la batalla del Estatut y las “picabaralles” del tripartito catalán, mantienen la política en el plano más perverso de lo espectacular: alejado de la platea, ni siquiera tiene una función catártica. Más bien funciona como cataléptico que nos satura y nos paraliza de puro aburrimiento.

En este contexto, caracterizado por el repliegue de los espacios antagonistas y por la neutralización de lo político desde los medios y las instituciones, Espai en Blanc lanza una convocatoria. Como ya hemos comentado, se trata de una convocatoria para “pensar juntos” entorno a cinco cuestiones. No son unas jornadas ni un seminario de trabajo. No hay figuras invitadas ni ponentes. No hay expertos. No hay objetivos. ¿Qué hay? ¿Qué se ofrece y a quién?

Lo que hay es:

1) un espacio de silencio por abrir y okupar: nada preexiste al encuentro. Sólo si logramos entrar juntos en él, éste habrá tenido lugar. “Rompamos el silencio” fue el título de unas jornadas de acción que tuvieron lugar en Barcelona en mayo de 1999. Los encuentros de Espai en Blanc podrían haberlo retomado, porque el silencio no se rompe llenándolo y saturándolo de palabras, sino mediante la acción de hablarnos: a nosotros, entre nosotros. Así se okupa, así se libera un espacio para pensar juntos.

2) Unos problemas por abordar: abordar es tomar un barco, asaltarlo y hacerlo propio. Sólo así pueden ser tratados los problemas. Podemos interesarnos por muchos temas, cuestiones, conocimientos, causas. Pero un problema sólo lo es si lo hacemos nuestro. Por eso los temas con los que se convocan los encuentros lanzan preguntas como “¿Cómo politizar nuestro malestar?”, “¿Qué tipo de individuo persigue construir la campaña por el civismo?”, “¿Cuáles son las periferias del espacio fronterizo y cuáles sus nuevos conflictos?”, “¿Dónde encontramos cómplices hoy?”, “¿Cómo hablar cuando no sabemos a quién nos dirigimos?”. Preguntas que son nuestros problemas, en el doble sentido de que nos atañen y a la vez nos ponen en relación.

3) Una interpelación y una interlocución anónima: en los encuentros de Espai en Blanc nadie es llamado a hablar en tanto que nada y por eso mismo cada uno habla en su propio nombre. El propio nombre se hace así anónimo. La voz de uno es de uno porque está con otros. No es ninguna paradoja. Es la verdad del anonimato como experiencia del nosotros.

4) Una agenda con unos tiempos propios: una de las caras más evidentes de la alienación contemporánea es que vivimos a ritmo de titular. No es que la información nos manipule. Es mucho más: construye nuestra realidad y organiza nuestra agenda: nuestros tiempos y nuestros temas. Darse (el) tiempo es una de las acciones políticas más importantes y difíciles hoy. Ante la crisis de los horizontes de futuro y del sentido de la historia, hemos puesto nuestra insistencia en el espacio: abrir espacios, liberar espacios, “Espai en blanc”, “Espai obert”… Y sin embargo, hemos perdido el dominio del tiempo, de nuestros tiempos y de nuestras prioridades.

5) Una palabra compartida que tiene que sostenerse a sí misma: cuando no hay objetivos a cumplir ni roles que ejercer, la palabra sólo tiene sentido si se sostiene a sí misma, si adquiere un sentido entre nosotros. La palabra puede justificarse desde muchas instancias (académicas, culturales, policiales, etc). Pero ¿cuándo nos dice algo? ¿Cuándo hace algo con nosotros? Éste es el reto de la palabra como acción política.

Después de todo lo dicho, autoconvocarnos es romper el silencio, abordar nuestros problemas, devenir anónimos, darnos el tiempo de nuestra agenda y sostener colectivamente la palabra. Más allá de los encuentros de Espai en Blanc, autoconvocarnos es crear un nosotros como sentido del acontecimiento. En las metrópolis actuales hay muchos acontecimientos colectivos, podríamos decir que la mayoría lo son. Ni siquiera el paseo en soledad es posible, a no ser que se salga de madrugada. La ciudad es de los que saben madrugar o de los que consiguen no dormir. Sin embargo, la ciudad ha perdido todo poder de autoconvocatoria. Sus acontecimientos colectivos están vaciados de nosotros. Sólo nos movemos si alguien nos llama, si hay una actividad programada, si se nos ofrece un espacio para un determinado fin. ¿Quién habla hoy con un vecino si el administrador de la finca no ha convocado formalmente una reunión? ¿Quién determina, junto con otros, el uso de un determinado espacio, el ritmo de una calle o la capacidad de lucha de un barrio? Las instituciones lo saben y proponen la mediación. “La ciudad mediadora”: es el nombre de un nuevo plan social de la ciudad de Barcelona. Autoconvocarnos es desalojar a los mediadores, expulsarlos de los silencios que nos separan y que pretenden monopolizar. Autoconvocarnos es aprender a ver el mundo que hay entre nosotros. Apropiarnos del entre. Convertir el silencio en bisagra. Convertir la nada que hay entre nosotros en potencia de transformación. Eso es lo que ensayamos en los encuentros de Espai en Blanc. Es lo que practicamos, si se pueden hacer prácticas de algo así.
Dimensión común

Cuando se escriben estas líneas, los encuentros no han finalizado. Este texto no quiere ser una valoración de algo cerrado, sino la autorreflexión que acompaña un movimiento. Este movimiento es un proceso colectivo de politización. ¿En qué sentido podemos afirmar algo así? Hoy nos resulta difícil definir los contornos de lo político y sin embargo nos preguntamos insistentemente qué significa politizar nuestra vida. Aprendemos, en prácticas como la nuestra, que politizar(se) no es adquirir unas ideas, ni entrar a formar parte de una organización, ni siquiera participar en determinadas luchas o protestas. Es algo mucho más radical. Nos politizamos cuando nos inscribimos en el mundo de manera conjunta. El mundo es lo que la globalización nos ha robado y ha puesto frente nuestro como espejo de la impotencia que nos reduce a espectadores, consumidores o víctimas. Toda crítica se neutraliza entonces en la moral (juicio), la estética (posición) o la psicología (malestar-bienestar). No queremos ser jueces morales, ni estetas compungidos ni neuróticos de la infelicidad. Queremos ser mundo, hacer mundo. Esto es hoy politizarse, desafiar al poder que nos expropia de nuestra dimensión común.

“Únicamente de forma conjunta pueden los hombres liberarse del lastre de sus distancias”3, escribió Canetti. En esta tarea, sólo podemos ser aprendices. Hubo un tiempo en el que el intelectual comprometido sabía lo que tenía que pensar y cómo actuar en consecuencia. Su firma legitimaba posiciones y generaba adhesiones. El compromiso era una decisión libre frente al mundo, sus injusticias, sus bandos en guerra y sus víctimas. Hoy sospechamos, con Merleau-Ponty, que “el compromiso es la manera de deshacerse del mundo”4. La figura del compromiso como canal de politización presupone un saber y una libertad que se ejerce individualmente. Uno es quien se compromete: con una causa, con otros, con una idea. Del compromiso no surge un nosotros como sentido del acontecimiento.

¿Cómo se produce, entonces, ese nosotros? La privatización de la vida ha ido acompañada de una búsqueda desesperada del otro. El otro individual y el otro cultural son hoy protagonistas de la vida social. La comunicación y la interculturalidad son los terrenos de ese anhelado encuentro con otro. Pero en esos terrenos el otro está condenado a ser siempre otro y sólo otro. Existe en tanto que es otro, otro frente a mí, otro en su diferencia. El escenario de la alteridad es un escenario despolitizado. La pregunta por el otro es el sucedáneo de la pregunta por el nosotros. Encontrar al otro no es acceder al otro. Ni hacerle un sitio, simplemente. Ni tolerarlo, ni integrarlo, ni estar más comunicados. Encontrar al otro es poder decir nosotros. Que nuestra alteridad deje de ser un objeto del paisaje del otro para que pase a ser una dimensión de nuestro mundo común. “No hay que buscar a los otros a lo lejos: los encuentro en mi experiencia, alojados en las grietas que indican lo que no veo y ellos sí. Nuestras experiencias tienen relaciones de verdad laterales”5.

En los encuentros de Espai en Blanc, en esa tierra de nadie que abrimos en la red de los nombres, no disponemos de un saber que fundamente nuestro compromiso, ni nos exponemos a través de nuestra alteridad. El objetivo de nuestros encuentros no es ampliar el compromiso, ni comunicarnos más, ni reconocernos entorno a nuestra diferencia. En los encuentros de Espai en Blanc disponemos de algo mucho más importante: el no-saber que nos reúne y el anonimato en el que nos embarcamos juntos cuando empezamos a hablar. El no-saber y el anonimato no tienen nada de relativo ni de indefinido. En este proceso de politización, ponemos en práctica el nosotros como verdad universal de lo político. Qué mal suena hablar de verdades universales en nuestros tiempos postmodernos… Pero un nosotros anónimo no es un nosotros abstracto. Es un nosotros cuya experiencia de lo común no se deja representar. Concreta pero virtualmente abierta, subvierte todas las lógicas de privatización de la vida. Entre nosotros hemos abierto un mundo. Decíamos al principio: la suma de tú y yo no es dos. Es un entre en el que puede aparecer cualquiera.


Notas

1. Ver el escrito de W. Galán, “Sentido y subversión. Sobre la lógica del manifiesto”.

2. Ver el libro de Jacques Rancière, La nuit des prolétaires. Archives du rêve ouvrier, Paris, Fayard, 1981.

3. Canetti, E.: Masa y poder, Barcelona, R. H. Mondadori, 2005, p. 74

4.  Merleau-Ponty, M.: “Sartre et l’ultra-bolchevisme”, en Les aventures de la dialectique, Paris, Gallimard, 1955, p.265 (ed. Folio)

5.  op.cit., p. 193

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