texto curatorial

“Toda impresión, y toda emoción que es parte de mi mundo, es una parte demasiado pesada para que pueda asumirla completamente solo. Esta parte de mí que me asimila a la necesidad universal, me establece en la comunidad carnal de mis semejante. Pero ni bien me he expresado, me encuentro a la vez separado de la necesidad y de la igualdad. Por haber hablado, porque no puedo dejar de hablar, caigo en la contingencia del lenguaje”.
Pierre Klossowski, “El lenguaje, el silencio y el comunismo”, en Un tan funesto deseo

“Es tiempo de abandonar el mundo de los civilizados y su luz. Es demasiado tarde para pretender ser razonable e instruido, pues esto condujo a una vida sin atractivos (…). Es preciso rechazar el aburrimiento y vivir solamente de lo que fascina”.
Georges Bataille, revista Acéphale, junio de 1936


Presentación

A mediados de la década de los años ochenta y durante un lapso de tiempo muy breve, se publicaron en París cuatro libros distintos –La comunidad desobrada de Jean-Luc Nancy, La comunidad inconfesable de Maurice Blanchot, El dolor de Marguerite Duras y En torno a un esfuerzo de memoria de Dionys Mascolo1 – que, no obstante, parecen estructurarse alrededor de unas mismas paradojas y de unos resortes muy parecidos. Esto no debería ser motivo de extrañeza teniendo en cuenta los vínculos ideológicos y personales que sus autores poseían entre sí, sin embargo, la propia singularidad de esas conexiones a las que nos referimos obligan a interpretarlas desde un lugar diferente a la pura coincidencia “ambiental” o el simple solapamiento.

En primer lugar, los cuatro textos están atravesados por un similar trasfondo oscuro, denso y hermético, plagado de sobresentidos que interrumpen cualquier posible continuidad discursiva y que orientan la lectura hacia una circunvalación permanente. En segundo, todo aquello que narran cada uno de estos libros parece hallarse en “otro” sitio, en un afuera que la propia escritura se encarga de acentuar, poniendo así de manifiesto el conflicto entre realidad y lenguaje, certificando la dimensión constituyente de la palabra. En tercer y último lugar, estos escritos toman la negación no sólo como procedimiento para identificarse y distinguirse, sino también como una especie de entidad omnipresente con la que dialogar. De este modo, Nancy nos invita a no producir y a “ser dentro” de esa misma inmaterialidad; Blanchot nos propone lo inconfesable como preservación del carácter excepcional –y por tanto indecible– de la experiencia; Duras nos ofrece un libro sin escritura, huérfano de autoría, donde el texto ha dejado de ser narración para convertirse en una verdad insoportable; finalmente, Mascolo nos muestra cómo sólo en la frustración dejada por toda la pérdida encontramos fuerzas para enfrentarnos al olvido e incorporarlo a nuestra existencia. Así, estos tres aspectos –hermetismo, alteridad y negación–, unidos a la “verdad” que emana de su escritura, hacen que alrededor de estos escritos se abra un vasto territorio reflexivo, de difícil acceso, desde donde, quizás, pensar con otra mirada cuál es la dimensión de ser en comunidad, de vivir en el nosotros.

En este sentido, los dos primeros libros constituyen, explícitamente, un diálogo cruzado, una especie de texto único escrito en episodios diferentes. Nancy abre el debate sobre lo común señalando que la comunidad no sólo es algo distinto a una expansión amplificada de lo propio –tal y como planteaban los viejos comunitarismos hipersubjetivistas– sino que, además, no puede llevarse a cabo nunca, no puede ser sino desobra e inactividad, pues siempre se desarrolla a través del otro y para el otro, en su “en común”, en su ser compartido. Como continuación a estas ideas, Blanchot radicaliza el carácter permanentemente en construcción de la noción comunitaria nanciana, proponiendo que cualquier forma de comunidad es, por naturaleza, inconfesable. Para ello, toma como modelo dos tipos de experiencias que participan de un mismo sentido difuso, casi oculto: la comunidad de los amantes, ejemplificada en El mal de la muerte, donde Marguerite Duras plantea el conflicto entre sujeto, intimidad y sociedad a partir del pensamiento del “afuera” de Foucault, y la comunidad de la escritura, personificada por Georges Bataille y la mítica revista “Acéphale”. En el otro extremo del discurso se encuentra El dolor, un libro que reproduce sin ninguna modificación el diario personal de Marguerite Duras, escrito en el mes de abril de 1945 aunque publicado cuarenta años más tarde. En él se narran la insoportable espera de un marido –Robert L., el escritor Robert Antelme– deportado a un campo de concentración nazi, la tortuosa relación mantenida entre la protagonista y un oficial de la Gestapo, así como el definitivo regreso de un hombre que ha sido transformado ya en “un cuerpo sin identidad”.

En torno a un esfuerzo de memoria es también, y por decirlo de algún modo, un texto retroactivo. Dionys Mascolo lo elaboró en 1986, al encontrar por azar una carta que Robert Antelme le había dirigido el 21 de junio de 1945. En el momento de su publicación, Antelme sufría una hemiplejía que le impedía comunicarse, por lo que el autor –compañero sentimental de Marguerite Duras durante la postguerra– decidió escribirlo “para restituir las dos clases de relación en las que se le ofrece al hombre la elección de cumplir o no su humanidad: su relación con el habla, su relación con el prójimo –dos relaciones que en el fondo son sólo una”.

Llegados a este punto conviene preguntarse, nuevamente, si estos cuatro libros componen, desde sus respectivas diferencias, una imagen pragmática, corpórea de la idea de comunidad y, sobre todo, qué nos está diciendo esta imagen, a qué nos invita, cómo se manifiesta, de qué valores se nutre.

En cierto modo es en la obra de Blanchot donde pueden encontrarse algunas respuestas a las anteriores formulaciones, sobre todo en dos conceptos muy importantes dentro del ideario político del pensador francés: la interpretación del significado del comunismo y la noción de lo inconfesable.

A propósito del primero el mismo autor dice lo siguiente: “Comunismo es lo que excluye (y se excluye) de toda comunidad ya constituida”2. Cabe entender aquí el comunismo no tanto como una práctica determinada sino como el intento por responder a la llamada comunitaria sin dejarse arrastrar por las seducciones de la identidad. Es importante señalar el lugar fundamental que ocupa la escritura en esta reconsideración de lo común; una escritura obsesiva, confesional e ineludible; una escritura ofrecida al lector –al otro– como experiencia incompleta que exige ser continuada: un “comunismo de la escritura”, según las palabras de Mascolo.

En cuanto al concepto de lo inconfesable resulta interesante reproducir las palabras con las que Blanchot definió su propio libro: “La comunidad inconfesable: ¿quiere ello decir que no se confiesa o bien que ella es de tal modo que no hay confesiones que la revelen, ya que cada vez que se ha hablado de su manera de ser se presiente que de ella sólo se ha captado lo que la hace existir por defecto? Entonces, ¿habría valido más callarse? ¿Más valdría, sin ponerse a valorar sus rasgos paradójicos, vivirla en lo que la hace contemporánea de un pasado que nunca ha podido ser vivido? El demasiado célebre y demasiado machacado precepto de Wittgenstein, «De lo que no se puede hablar, hay que callar», indica de hecho que, puesto que al enunciarlo no ha podido imponerse silencio a sí mismo, en definitiva, para callarse, hay que hablar. Pero, ¿con palabras de qué clase? He aquí una de las preguntas que este pequeño libro confía a otros, menos para que la respondan que para que quieran cargar con ella y acaso prolongarla”.

Efectivamente, tal y como plantea Blanchot, lo inconfesable es una exigencia comunitaria, una condición surgida de la experiencia de vivir la comunidad de una determinada manera. No hay tras lo inconfesable ninguna gestión de lo que puede ser visible y lo que debe mantenerse oculto, no hay estrategia alguna ni imposición moral. El secreto que reside tras lo inconfesable es, pues, un secreto “a voces”, es decir, está lleno de palabras y, sobre todo, es un secreto compartido.

Comunismo de la escritura e inconfesabilidad, he aquí dos ideas aparentemente antagónicas pero que, como hemos observado, pueden devenir parámetros alrededor de los cuales desarrollar una experiencia intensa de la comunidad. Sin embargo, el “problema” de lo comunitario no está ni mucho menos resuelto y la invitación a seguir reflexionando sobre la naturaleza de lo común cobra sentido a cada momento, en cada lugar, desde cualquier disciplina. En cierta manera podría decirse que el proyecto artístico titulado La comunidad inconfesable surge, precisamente, de no haber podido sustraerse a la naturaleza contradictoria de esa colectividad que, a su modo, personifican los cuatro autores analizados; de la imposibilidad de reconstruir de forma completa su experiencia y, también, de la necesidad de compartirla.


El proyecto

Desde las reflexiones de Paolo Virno sobre la multitud como forma económica y política donde se manifiestan los riesgos de fondo de la naturaleza humana, hasta la idea del final de la metafísica sugerida por Giorgio Agamben en La comunidad que viene; desde el posthumanismo de Peter Sloterdijk hasta ese común inmanente definido por Deleuze y Guattari en Capitalismo y esquizofrenia; desde la oposición comunidad-inmunidad de Roberto Esposito hasta la teoría del Bloom del colectivo Tiquun, donde la vida sin forma se convierte en resistencia frente a las estrategias del biopoder, lo cierto es que las más sugerentes y radicales aproximaciones a las dinámicas del espacio social resultan, hoy, inabordables sin entender éste como una extensión fragmentada y hecha a partir de retales, donde las más diversas comunidades buscan, negocian y precisan sus respectivos territorios de visibilidad y de acción.

Sin embargo, como comentábamos antes, parece que la pregunta sobre el significado de la comunidad y sus mecanismos de evolución ha desbordado definitivamente los cauces de la antropología, la sociología y la filosofía política contemporáneas, colonizando otro tipo de disciplinas. Así, en los últimos veinte años han aparecido, de forma cíclica y paulatina, distintos ejemplos de propuestas artísticas que se desarrollan bajo el epígrafe de lo comunitario, que operan desde ese lugar de tensión donde arte y comunidad intentan conectarse. No resulta sencillo dibujar el mapa que permita ubicar estas prácticas, pues muchas de ellas son episódicas e invisibles. Tampoco es fácil dimensionar su relevancia, distinguir qué tienen de proyecto y qué de populismo. En cualquier caso, sí podemos afirmar que con el advenimiento de lo comunitario se ha abierto un ámbito de trabajo diferente para el arte, un campo de acción social –también un mercado, una audiencia– cuya exploración obliga a encontrar metodologías de negociación distintas, a asumir otras tensiones y otras dinámicas, a construir formas de representación diferentes; también a abordar nuevas incógnitas.

¿Puede lo comunitario devenir un proyecto estético sin perder su esencia? ¿la noción de autoría individual ha sido realmente sustituida? ¿bajo qué formas se manifiesta el trabajo artístico colectivo? ¿hay un arte de lo inconfesable? ¿cómo podemos salir de la ejemplaridad que implica cualquier representación? ¿qué lugares destina el discurso historiográfico y la institución arte a aquellos proyectos que se ubican en sus propios límites? ¿es posible desarrollar una práctica artística no retórica desde la negatividad y la inoperancia?

Éstas son algunas de las cuestiones que están en el origen del proyecto La comunidad inconfesable pero también son preguntas que resuenan con fuerza en el doble camino de acercarse al arte desde lo comunitario y viceversa. Así, aunque pueda parecer paradójico, podríamos afirmar que en cierta apología del “proyecto colectivo” fomentada desde el espacio artístico no hay comunidad, es decir, no ha sido superado el parámetro que marca la autoría. A este respecto cabría señalar que la categoría de autor es, posiblemente, la instancia estética más cargada de implicaciones metafísicas y, por tanto, más necesitada de una radical deconstrucción. Sin embargo, de igual forma que la mayor parte de filosofías comunitarias aparecidas durante el siglo XX –el organicismo alemán de la Gemeinschaft, el neocomunitarismo americano, la ética de la comunicación de Habermas o la tradición comunista, por ejemplo–, la institución arte ha persistido en vertebrarse alrededor de una primacía del sujeto-autor y su consecuente semántica identitaria. No obstante, en esta misma semántica, y también en su retórica, la comunidad se entiende como un atributo, como una cualidad que primero es aislada individualmente para, después, amplificarse en ese lugar espectral donde son negociados los arquetipos estéticos. Lo colectivo no sería entonces otra cosa que un reconocimiento de lo particular por parte de los demás, una compilación de singularidades, una antología de diferencias: lo “propio” convertido en estilo que se ofrece, que se pone en común, que permite la propiedad pero impide la apropiación.

En cierto modo, el arte pervierte lo comunitario a través de la transparencia y de la claridad, a partir del alejamiento de aquello que resulta indefinible e inconfesable. Pero he aquí, en esta misma encrucijada, un reto planteándose a las formas de actividad artística colectiva, a los proyectos estéticos que adoptan la configuración de la comunidad no sólo como interfaz sino como ontología: preservar la opacidad frente al esquematismo, preferir lo difuso a lo ejemplar, rechazar la interlocución y abrazar el discurso solipsista. También huir de lo esotérico. Bataille lo definió mejor que nadie en el título de una de sus compilaciones de ensayos, charlas y conferencias: “La oscuridad no miente”.

El presente proyecto artístico –que toma su nombre del libro homónimo de Blanchot, de su interpretación filológica del comunismo como “aquello que crea comunidad”, de su apología de lo común como eje poliédrico y vertebrador de las dinámicas políticas, existenciales y estéticas entre los individuos– constituye, por tanto, una indagación acerca de la naturaleza de lo comunitario en el ámbito del arte, centrando su análisis en vislumbrar las estructuras de representación y las formas de incidencia colectiva que éste puede proponernos.

Para ello, se han seleccionado tres proyectos (Archivo F.X., Sitesize y Archivo Postcapital) que, a pesar de operar desde perspectivas distintas, participan de unas mismas estrategias de transversalidad, antagonismo, suplantación e interferencia –herramientas, todas ellas, vinculadas a la idea de lo difuso o lo “no confesable” planteada por Blanchot– y cuyas prácticas se inscriben en un mismo territorio de actividad ambivalente y, por tanto, difícilmente cartografiable, situado en los intersticios tanto de la institución del arte como de los modelos de productividad cultural. El hecho de que estas tres “comunidades” no se identifiquen bajo ningún parámetro colectivo habitual y que eviten acogerse a cualquier modelo de representatividad les permite desarrollarse con otro tipo de lógicas y, sobre todo, les ofrece unas herramientas de trabajo que en alguna medida no están sujetas a ciertas codificaciones y a sus respectivos condicionamientos. Así, los diferentes documentos y saberes que ponen en circulación estos tres proyectos participan de unos mecanismos que preservan lo “común” de los sujetos, expandiéndolo o simplemente inoculándolo en las diversas instituciones sociales con las cuales colaboran.

Otro vínculo entre las propuestas que forman La comunidad inconfesable es su cuestionamiento de la idea de una autoría única e, incluso, reconocible. En esa misma dirección, el propio carácter transversal y ambivalente de estos proyectos, su naturaleza no ejemplarizante, hace que se sitúen más allá de ciertos monopolios de decisión, reutilizando dispositivos de acción preexistentes, aprovechando nodos de comunicación o reorientándolos, parasitando estructuras consolidadas, configurando nuevos archivos y ubicándose, en definitiva, en medio de las tensiones de aquel “General Intellect” del que hablaba Marx; de aquel cerebro social que es, al mismo tiempo, una fuerza productiva y un principio de organización ciudadana.


La publicación

Este libro es un proyecto desencadenado a partir de ciertas ideas surgidas de La comunidad inconfesable. Sin embargo, para reforzar su autonomía, se articula según una lógica propia, bajo una especie de polifonía ensayística formada por un conjunto de textos que se publicaron en diferentes contextos, épocas y medios pero que, no obstante, comparten interrogantes tales como ¿qué es lo común? ¿en qué espacio político y mental se desarrolla la noción de comunidad? ¿con qué elementos colisiona? ¿de cuáles se nutre? ¿comprendemos y asumimos en toda su trascendencia el significado de la palabra “nosotros”?… .

Interrumpiendo esta deriva especulativa alrededor de la pregunta sobre lo comunitario, aparecen tres inserciones realizadas por cada uno de los participantes en dicha propuesta –Sitesize, Archivo F.X. y Archivo Postcapital. Estos insertos incluyen un escrito de presentación de los respectivos proyectos artísticos, un trabajo visual específicamente concebido para este libro y vinculado con las temáticas que se presentan bajo el formato museográfico, así como una conversación entre cada artista y diferentes filósofos, antropólogos, historiados, geógrafos y comisarios con quienes comparten unas mismas preocupaciones ideológicas y conceptuales. Es importante advertir que la ubicación de las tres inserciones dentro del conjunto de ensayos resulta totalmente aleatoria, es decir, constituye un “hiato” en el discurso antes que una ilustración.

Así, el libro arranca con un texto de Maurice Blanchot titulado “Afirmar la ruptura”3 en el que el pensador francés repasa, con el telón de fondo de Mayo del 68, algunas de sus ideas políticas fundamentales, como el análisis del concepto de revolución, la relectura de lo común transformado en clave para entender el comunismo o el valor de la escritura como acontecimiento y verdad. Después, se ha seleccionado el ensayo “Policía soberana”4 de Giorgio Agamben, que reflexiona acerca de la naturaleza del poder (sus mecanismos de exclusión, sus códigos linguísticos, sus estrategias de apropiación) y sobre la gestión de la soberanía social como reto comunitario. Siguiendo esta misma línea, en “La “retirada” de lo político”5 Philippe Lacoue-Labarthe y Jean-Luc Nancy inciden en la necesidad de restituir la sustancialidad del discurso de la política para, a partir de ahí, desarrollar nuevos espacios ideológicos desde donde pensar y actuar colectivamente.

“Nuestra responsabilidad: el comunismo de Blanchot” de Lars Iyer constituye un análisis pormenorizado del pensamiento político del autor de La comunidad inconfesable, asi como de la ascendencia que tuvieron Bataille y “Acéphale” en la configuración de éste. El texto de Peter Pál Pelbart titulado “La comunidad de los sin comunidad”6 –otra referencia a Bataille– es una especie de recorrido casi escolástico por las ideas de los principales autores que han abordado el tema de lo comunitario, desde Toni Negri, Paolo Virno, Jean-Luc Nancy, Giorgio Agamben y el mismo Blanchot hasta el reciente colectivo Tiquun. Finalmente, Marina Garcés, con su ensayo “La pregunta por un mundo común”, acerca de la mano de Merleau-Ponty la reflexión sobre la comunidad, sobre la tensión entre el yo y el nosotros, hacia ciertas problemáticas de tiempo presente.

La comunidad inconfesable, Valentín Roma


1 Jean-Luc Nancy: La communauté désoeuvrée, Christian Bourgois, París 1983. (La comunidad desobrada, trad. Pablo Perera,  Arena, Madrid 2001).
Maurice Blanchot: La communauté inavouable, Les Éditions du Minuit, París 1984. (La comunidad inconfesable, trad. Isidro Herrera, Arena, Madrid 2002).
Marguerite Duras: La Douleur, P.O.L., París 1985 (El dolor, trad. Clara Janés, Plaza y Janés, Barcelona 1993).
Dionys Mascolo: Autour d’un effort de mémoire, Maurice Nadeau, París 1987. (En torno a un esfuerzo de memoria, trad. Isidro Herrera, Arena, Madrid 2005).

2 En cierto modo esta reflexión de Blanchot, que aparece en un breve artículo de 1968 titulado “El comunismo sin herencia”, debe contextualizarse dentro del replanteamiento sobre el sentido de la militancia política que algunos intelectuales franceses como Edgar Morin, Jacques Francis Rolland, Eugène Mannoni, Dionys Mascolo y Robert Antelme, entre otros, llevaron a cabo tras su expulsión del Partido Comunista en 1950.

3 Maurice Blanchot: Écrits politiques (1953-1993), Gallimard, París 2008. (Escritos políticos (1953-1993), Libros del Zorzal, Buenos Aires 2006).

4 Giorgio Agamben: Mezzi senza fine. Note sulla politica, Bollati Boringhieri, Turín 1996. (Medios sin fin. Notas sobre política, trad. Antonio Gimeno Cuspinera, Pre-Textos, Valencia 2001).

5 Philippe Lacoue Labarthe y Jean Luc Nancy: Retreating the political, Routledge, Londres 1997.

6 Peter Pál Pelbart: Vida capital: Ensaios de biopolitica, Iluminuras, São Paulo 2003 (trad. del texto compilado a cargo de Andrea Álvarez Contreras).

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